Renato.
Mirando el mapa y desde el avión jamás pensé que la distancia entre Roma y Napoli fuera tan grande.
Pero en aquel caluroso tren en medio de un caluroso ferragosto las distancias llegaban a ser desesperantes. La vista africana de las buffalas de la Campania tornaba el calor en desesperanza y sirocco.
¿Cuántas paradas tenía el talgo Madrid Sevilla antes del Ave?. ¿Cuántas paradas puede tener un cercanías Cádiz Sevilla?.
En la Campania las pocas paradas se hacían eternas. Mis amigos y yo habíamos abierto las ventanas por las que el calor entraba a la velocidad del tren. Un calor que era modorra y locura al mismo tiempo.
Pero nosotros no teníamos prisa por llegar a Napoli. No como aquel hombre.
Aquel hombre corpulento, moreno, diríase paracaidista o boina verde, aquel hombre preocupado, ceñudo, mirando su reloj a cada segundo, el cielo más allá del techo del vagón a cada otro, con toda la parafernalia y expresividad italianas.
Porca miseria, la mamma, la mamma.
En sus ojos parecía escrita la razón de su inquieta impaciencia, de su prisa, la mamma. El boina verde grandullón parecía no poder esperar a llegar al pueblo, feliz estancia, dónde la mamma aguardaría, tal vez sofocada en un modesto anden al sol.
Y la antepenúltima parada, tras unos túneles que horadaban montañas, una parada en sombra, una parada gozosa. Una parada larga.
Para nosotros un descanso, solaz para nuestras machacadas anatomías. Pero no para aquel hombre.
Para aquel hombre era una gota rebosando el vaso. Desesperado se puso en pie y echó una rabiosa mirada al anden como quien mira sacando la cabeza por la ventanilla en medio de un atasco para averiguar que le tiene a uno más de una hora volviendo a casa.
En la estación, antigua, simple, pero grande y con buena sombra, como de pueblo importante, unos chicos están entre risas y bromas cargando sus muchos y pesados bultos lentamente, sin prisas, en el tren. Parece el comienzo de una vacaciones de acampada.
La risa generosa y femenina de una de las chicas parece ser la última chispa en la mecha cada vez más corta de nuestro atribulado acompañante.
En la ventana, cabeza y cuello fuera, una sola palabra en un único tono que lo dice todo, desgranada sílaba a sílaba como la santísima trinidad de todas las amenazas o consecuencias:
- Pro - ble - mi.
De súbito las risas cesan y las maletas suben de prisa al vagón.
Nuestro querido boina verde permanece sentado en su rincón del ring, probablemente preparándose para tomar el tren al asalto y conducirlo personalmente aún a costa de la vida a su destino término. Su ceño tiene vida propia, sus mandíbulas rumian apretadas, nuestro silencio se puede cortar con un cuchillo.
Cierta tensión cruza el ambiente cuando los ragazzi pasan por nuestro vagón cargados con sus maletones.
La mirada del hombre atraviesa todas sus espaldas como si fuera una bala o una bayoneta de acero. De su garganta sale un leve gruñido como de animal rabioso y su cabeza niega desesperada. La muñeca agita convulsa el reloj como si fueran a caerse de ella los segundos perdidos en la marcha.
El hombre es una olla express, pero el vapor no sale por ningún sitio. El tren se pone en marcha.
Y, con los primeros bamboleos, contorneandose como una mujer que lleva un cántaro, aparece un hombre viejo y afable, con gafas y una sonrisa que va por fuera y por dentro. Un ángel, una presencia con su chaqueta roja o verde, non me ricordo, con su inmensa gorra de plato, su camisa por fuera, sus más que largas mangas, su zurrón de cuero.
Y se acerca a nuestros asientos, dónde la olla express cuece su inmenso cabreo. Y le dice algo así como...(disculpad el itañol...)
- Mai, che ti pasa hombri...
El otro explota en cortas ráfagas como de ametralladora, señala el reloj, el viaje, el calor, la mamma...
- Si habiami problemi, contare con me. Io sono Renato el capo di questi treno.
Renato...
El ángel tiene el nombre más campechano y familiar del mundo. El vapor sale por la espita, pero ahora lentamente. Renato con su sonrisa, con su manos afables en sus tirantes, sin miedo ni aspavientos, sin prometer nada, todo el mundo lo sabe, los trenes de la Campania no vuelan, la vida y la realidad son las que son, ha obrado el milagro y la fiesta.
Hacen falta más Renatos. Más jóvenes tal vez, pero Renatos.



Julián dijo
Sí que hacen falta más Renatos, más "capo treni", más gente que dé la cara cuando fallan las cosas.
Pero no tienen por qué ser más jóvenes.
¿Os habéis fijado que en las empresas no hay gente de más de 50 años?
Eso es horrible.
24 Enero 2006 | 12:42 PM