Katar.
Este es uno de los libros que más me va a joder tener devolver al bueno de mi amigo M. El otro quizás fue Picnic junto al camino, del que quizás algún día hablemos.
En Katar (La fiebre del heno) Lem me barre más allá de Eden. Y es que en Eden el comienzo se me antojó flojo, aunque el final consiguió atraparme. En Eden los protagonistas no tienen nombres, son el físico, el químico, el doctor, ... En Eden la tecnología parece anticuada visto lo que vemos ahora. En Eden, en fin, hay que leer también Eden.
Sin embargo en Katar el tiempo es pasado y las ideas eran premonitorias. La tecnología se limita al alquiler de Avis, Herzt, los diversos modelos de coches, Opel, Citroen, afrodisíacos inventados, Topcra, Dulong, Orkasfluid.
Mientras que Eden se escribe en tercera persona del plural, Katar consigue desenvolverse en una primera persona astronaútica, un observador entrenado en la autoobservación, en las rutinas, en los detalles que chirrian, una mente a la que nos acoplamos para anticiparnos en pensamiento a la acción contemplativa, meditativa del libro.
Y es aquí dónde encuentro lo mejor de Katar, en las reflexiones que contiene, más allá de una buena historia. Entresaco algunas:
- Inducción.
- Porque los casos no se han clasificado por sí solos, sino que usted los ha dividido en importantes e insignificantes. Ha tomado la locura y la muerte como determinantes de su importancia, o al menos la locura, aunque no condujera a la muerte. Le ruego que compare la conducta de Swift y Adams. Swift perdió la cordura de forma ostensible, y en cambio usted no supo que a Adams le atormentaban las alucinaciones hasta que tuvo conocimiento de las cartas que escribió a su mujer. ¿Cuántos casos pudo haber en los que usted ignoró este determinante?
- Perdone - repliqué -, pero esto no se puede evitar. Lo que nos reprocha es el clásico dilema en las investigaciones de fenómenos desconocidos. Para poder diferenciarlos exactamente unos de otros es preciso conocer la causalidad, y para conocer la causalidad es preciso diferenciar exactamente los fenómenos.
[...]
- Sí, tal es efectivamente el clásico dilema de la inducción.
- Europa, Francia.
La ligera conversación giró al principio en torno a los sufrimientos de este mundo. No es que se hablara con ligereza, sino más bien con una falta de sentido de la responsabilidad, pues ya había terminado la misión centenaria de Europa, y estos graduados de Nanterre y la Ecole Supérieure lo comprendian mejor que sus compatriotas. Europa sólo había superado la crisis económica. Había vuelto la prosperity sin mejorar la propia conciencia. No era el temor del operado de cáncer a la metástasis: era el conocimiento de que el espíritu de la historia se había marchado, y si volvía, no sería aquí. Francia no podía hacer nada, y por esto se dedicaban a hablar libremente de los sufrimientos de este mundo, porque habían pasado del escenario a la platea.
Así como la vivas descripciones del flujo de lo que somos, hacemos y pensamos:
Un fulgor rojo me traspasó la pierna, anticipándose a mi conciencia. Pasó un segundo antes de que comprendiera que estaba frenando. Los neumáticos chirriaron sobre arroz desparramado. Los granos eran cada vez mayores, como granizo. No, cristal. La columna aminoró la marcha. El carril derecho estaba interceptado por un cordón de conos. Traté de encontrar un hueco entre el hormiguero de coches. ¿Dónde? Sobre el campo se posaba lentamente un helicóptero amarillo; el polvo se amontonaba como harina bajo el fuselaje.
Quizás tan solo mencionar que esta perfecta maquinaria del pensamiento que Lem ha preparado para nosotros se acelera mucho al final, el ritmo se hace demasiado rápido, el pensamiento fluye como el agua, quizás como cuando estamos ebrios, y todo trancurre en el campo de lo irreal.
Y, tenía que mencionarlo, qué bien se reflejan nuestros estados de ánimo en el ánimo de nuestro cicerone, cómo surgen la curiosidad, la necesidad de aventura, la obsesión, el hastio, la decepción y por último...
Si Philip Kindred Dick hiciera en El hombre del castillo mil y un giros entre realidades y ficciones, el Lem de Katar parece darnos la receta de todos esos giros y cuestiones.
Quizás esa sea la cuestión central y que más recuerde al género de la ciencia ficción.
Creo que Lem habría disfrutado mucho leyendo esta entrevista.
Por hoy, vale.
BY M.



M. dijo
Aún siendo mi favorito los Viajes y Memorias del bueno de Ijon Tichy, creo que La Fiebre del Heno es de lo mejor de Lem (también son dos libros muy diferentes, para comparaciones tendríamos "Retorno de las Estrellas", otro lujo de lectura, pero es que qué bueno es Lem). Desde luego con tu artículo has sacado la esencia de la novela, es la hostia. Yo añadiría una idea que expresaba el bueno de Adorno en su "Minima Moralia" que es que, en el sistema más perfecto y mejor planificado se podrán encontrar asimismo las causas de su futura destrucción, y es que en Katar todo va dirigido hacia el final de forma natural, es sólo cuestión de tiempo que a nuestro astronauta le suceda lo que le sucede, esa es la perfección.
30 Enero 2006 | 04:17 PM