Silvia Saint y otras reflexiones.
Silvia Saint no es una reflexión. Simplemente la vi el otro día en la Gran Vía.
Ella y sus dos acompañantes masculinos en blanco y negro buscaban un taxi. Tenía andares de chica sencilla y no parecía necesitar que uno de ellos abriera la portezuela del vehículo.
Buena persona sin duda. No me atrevo a decir más.
Aunque sí he de confesar que me quedé transfigurado camino del almuerzo. Transfigurado por haber reconocido a Silvia por la calle, por haber sido testigo de algo que me parece una genuina y total coincidencia. Pero de esas que siempre esperas que pase, de esas que cuando pasan te preguntas cómo es que había pasado tanto tiempo sin que pasase, de esas que sabías que iban a pasar, sólo era cuestión de tiempo.
Y, ¿cómo no reconocerla?. Supongo que seguir pensando en esta línea me llevaría rápidamente al terreno de lo embarazoso. ¿Nos conocería ella a nosotros?. Casi sin duda que sí, en el sentido de lo que imagino. En todos los sentidos.
Es como mirar unos ojos que nos han visto. Sin nunca vernos.
Me dieron ganas de decirle a mi acompañante quien era. A estas alturas ya debe de saberlo. Me dieron ganas de llamar a M y darle cuentas. A estas horas ya seguramente lo he hecho.
Supongo que en el año de la superabundancia, dónde todo se pierde, hemos de considerar que pasa cuando uno, que estaba acostumbrado a ver Anatomía de Grey un martes por la noche, ahora puede ver diez episodios de una temporada no estrenada en menos de dos días.
O los doscientos trece de Naruto aunque me han dicho que pierde gas a partir del ciento y algo.
Y la red está llena de Silvia.
Pero sólo yo la vi caminando ese día deprisa por Gran Vía.



Palomares dijo
>>ahora puede ver diez episodios de una temporada no estrenada en menos de dos días.
Otra feliz víctima de Héroes, deduzco.
Todo se acelera, una serie nos duraba un año y ahora programan tres episodios al día. Eso debe tener un efecto indudable en el espectador, porque los tiempos que maneja el guionista son distintos a los reales.
En El show de Truman la película está pensada para que todo parezca normal para Truman y para el espectador durante media hora. Ocurren cosas raras, y entonces aparece el creador del programa y desvela que es un programa al espectador. Y entonces el espectador comprende que lo que ha visto es la falsa normalidad. Excepto que nadie acude al cine ignorando que va a ver una película sobre un programa de televisión centrado en la vida de una persona, de manera que la lectura de la película es completamente distinta: no hay sorpresa y no hay normalidad porque contamos como espectadores con las mismas claves que el guionista -y eso a pesar de que al guionista le interesaba que no dispusiéramos de ellas.
Ahora al escribir una historia también hay que pensar cuál va a ser el mensaje de la publicidad.
19 Diciembre 2006 | 12:22 PM